martes 7 de abril de 2009

Las Crónicas de Cram

Mi nombre es Cram. En la lengua antigua, la que utilizo para estas crónicas, significa “el que cojea”, pues tras años incontables en las cavernas, nuestros nombres dicen quienes somos, o cómo somos, por lo que, incluso, cambian a lo largo de nuestras vidas.

Antes que mi pierna derecha se rompiera, fui Whort, El que Escribe. Dice mucho de cómo se ha perdido entre nosotros el arte de la escritura que sea más El que Cojea que El que Escribe.

Pero estoy siendo injusto con mi gente, tal vez en un exceso de amargura incontrolada. Si no fuera por la importancia que los míos dan a estas Crónicas, sería imposible para mí el dedicar la mayor parte del día a escribir, mientras el resto de mi pueblo se vuelca en garantizar nuestra magra subsistencia.

Cierto es que mi trabajo se repite como un rito carente de sentido, o de un sentido olvidado para todos, menos para mí. Precisamente por ser el Guardián de las Crónicas, sé que estas comenzaron tras un número indeterminado de años tras el éxodo.

Y es que los primeros años, aturdidos, desbordados por haber sido empujados a un nuevo mundo, cuyas reglas estaban por crear, constituyen una especie de nebulosa en el recuerdo colectivo de mi pueblo, y nadie se ocupó de llevar la cuenta de los mismos.

Fueron años duros, sin esperanzas, en las que cada día estaba totalmente consagrado a llegar al día siguiente. Tan sólo cuando mi pueblo alcanzó un punto en el que comenzaron a sobrar algunas horas en las que charlar alrededor del fuego, algunos de los Nehah, los Nacidos Antes, sintieron la necesidad de poner por escrito su historia.

Hoy somos pocos los que podemos leer sus Crónicas, y menos aún los que podemos entender en forma cabal lo que en ellas se cuenta. El mundo sobre el que me hablan las Crónicas ya no existe, pero aún eso puedo entenderlo. Cuesta más hacerse una idea de cómo vivían.

Sé que hubo un tiempo en que mi raza, o la de los Nehah, fue poderosa. Sé que con brazos metálicos desgarramos las entrañas de la tierra, en busca de tesoros de metal. Se que allanamos montañas y vaciamos lagos. Sé que corrimos hacia las estrellas y bajamos al fondo del mar. Sé que sobraban alimentos y que el agua se podía fabricar. Sé que nos considerábamos los escogidos y teníamos a la tierra por heredad.

Los Nehah, nos dejaron su memoria. Nosotros aprendimos a no entenderla. Y lo comprendo. Porque para nosotros comprender el valor exacto de lo que hemos perdido, sería doblemente doloroso.

Por eso, yo, como Guardián de las Crónicas, soy el único autorizado a conocer la lengua antigua, a trasmitírsela a mi joven aprendiz. Él heredará mi antiguo nombre, Whort, y mi misión. Seguir conservando los escritos de los Nehah y añadir luna tras luna, nuestras pequeñas historias.

Historias miserables si se las compara con el pasado glorioso del que venimos, con la herencia que los Nehah no lograron transmitirnos. Pero son eso, nuestras historias. Las que ahora mi pueblo conoce con el nombre de las Crónicas de Cram.

domingo 5 de abril de 2009

Las cavernas

Debió ser uno de los niños el que descubrió las cavernas. Fueron ellos, los niños, los que, de manera inmediata, hicieron suyo el nuevo entorno. Jugaban entre los árboles e, incluso, se adentraban en ese nuevo mar, sin olas ni mareas, que nos rodeaba.

Mientras los adultos vagábamos sin un propósito definido, bajo la lluvia mansa e incesante, ellos correteaban e inventaban nuevos juegos, o adaptaban a la nueva realidad los que nos han acompañado desde siempre. Atraparse y no dejarse atrapar, esconderse de la búsqueda de otro, simular una lucha por la posesión de un árbol, imaginar castillos y princesas...Debió ser en una de esas correrías cuando alguno de ellos descubrió las cavernas.

Sus gritos excitados nos hicieron acudir. Ante nosotros se abría la entrada de una cueva. Por encima del miedo atávico a la oscuridad, experimentamos el alivio del claustro, del útero, de poder poner límites a un entorno todavía desconocido, de recogernos, de aislarnos en una burbuja en la que poder definir nuevas normas y ritmos y crear un nuevo modo de vida.

Fue poco el tiempo que nos llevó organizar los espacios, definir las zonas y nombrarlas. Más nos costó saber quienes éramos, inventariar caras y ponerles nombre. Ahora, que habíamos dejado de caminar, sin más propósito ni sentido que dejar atrás la subida del agua, comenzamos a experimentar la necesidad de saber quienes y qué éramos.

Apenas medio centenar de adultos, con un par de decenas de niños, sin apenas familias intactas o conocidos, éramos una muestra seleccionada por el azar, por la huida. Habíamos dejado de ser oficinistas o tenderos. No tenía sentido recordar que fuimos maestros, físicos o médicos.

Comenzamos a pensar en nosotros como la gente de las cavernas.

jueves 2 de abril de 2009

El éxodo

Perdimos la cuenta de los días que caminamos. El transcurso del tiempo lo marcaba el ritmo de los pasos sobre el barro. Un barro eterno y omnipresente. La tierra se mostraba incapaz de absorber ni una sola gota de agua más.
Seguía lloviendo. Seguíamos caminando. Ganando por un margen cada vez más estrecho a la subida de las aguas. Mar, río, arroyo, torrente, barranco... palabras, denominaciones, conceptos que, día a día, perdían su sentido, confundidas y sin límites entre ellos. Agua. Agua y barro. Una lluvia mansa, pero incesante, que, a pesar de su tamborilear constante, no lograba acallar el silencio del viento ausente.
Caminábamos en grupos cambiantes. El paso de los días incontables acabó con cualquier atisbo de grupo organizado. ¿Familias?, ¿vecinos, ¿amigos?. Gente. Caras apenas entrevistas que cambiaban en ritmos imprevisibles. Cuerpos marchando más o menos próximos, durante un tiempo incierto. Gentes que te acompañaban y desaparecían en una coreografía improvisada, en una danza en que ningún bailarín conocía, ni elegía, la posición que ocupaba.
Caminábamos. Caminábamos y, tras nuestros pasos, caminaba el agua que subía. Mientras, y a medida que ese tiempo del que habíamos perdido la cuenta transcurría, aparecieron las islas o desapareció la tierra, que ya no sabíamos cual de las dos realidades era más cierta.
Y un día, sin que supiéramos cuando, notamos que el agua había dejado de subir. Había llegado a un nuevo punto de equilibrio. Había dibujado un nuevo mundo, una nueva geografía, construida a base de esas cumbres-islas y de esa tierra, ahora mar, sobre la que habíamos caminado durante un tiempo del que no guardábamos memoria, sino una especie de sueño incierto.
Por primera vez pudimos parar de caminar sin la urgencia y la certeza de la provisionalidad de las anteriores paradas. Por primera vez comenzaron a surgir corros y chamizos cuya única estructura venía marcada por el sitio en el que cada cual se detuvo.
Seguía lloviendo mansamente y seguía retumbando en nuestros oídos la ausencia del viento pero, por vez primera en un tiempo no medido y sin medida, sabíamos que habíamos llegado.

sábado 28 de marzo de 2009

El año de la lluvia

Comenzó a llover mansamente, pero sin tregua. Gota a gota y día tras día, sin parar. Como si el cielo se hubiera roto.

La primera sensación fue de alivio. Las mariposas fueron cayendo a centenares, a miles y a millones, convirtiendo el suelo en la paleta delirante de un Van Gogh que, sin limpiarla, no hubiera parado de pintar en cientos de años.

Las calles, convertidas en arroyos, en torrentes, en ríos, arrastraban los últimos restos de la polícroma amenaza, que nos había mantenido encerrados desde un tiempo que ya no recordábamos.

Barridos los últimos restos de las mariposas, salimos a la calle. En pijama, a medio vestir, desnudos totalmente la mayor parte, dejamos que la lluvia nos limpiara. Por más aislados que estuviéramos, nuestros cuerpos aún estaban recubiertos del polvo suave con que el aleteo interminable de las mariposas había recubierto todo.

La total ausencia de viento, la caída pausada de la lluvia, nos llevaron a bailar noches y días de los que perdimos la cuenta. Caíamos rendidos en cualquier pequeña elevación que nos mantuviera sobre el nivel del agua.

Dormíamos abrazados con desconocidos, los miembros entrelazados, los cuerpos acoplados bajo la lluvia tibia, hasta que despertábamos y seguíamos la danza interminable. Hijos, maridos, amantes, todos nos perdimos bajo la lluvia tibia e incesante.

Poco a poco, la inexorable subida del nivel del agua, fue haciendo más difícil encontrar caminos por donde movernos o lugares en que dejarnos caer para recuperarnos de nuestra fatiga.

Un lento despertar nos fue haciendo conscientes de que habíamos perdido la cuenta de los días que hacía que llovía de manera imparable.

Fue entonces, casi sin pensarlo, cuando comenzó el éxodo.

jueves 26 de marzo de 2009

El día en que desapareció el viento

No recuedo exactamente cuando cesó el viento. Sé que un día alguien lo comentó. En ese momento, todos caímos en la cuenta de que llevábamos días, semanas, o quizás meses, sin oír el viento.

Al principio, nos negamos a reconocerlo. Será cosa de un par de días, no es la primera vez que tenemos una calma. Que no, fíjate, si miras bien se nota como se mueven las hojas de las palmeras, muy poquito, pero se mueven.

La hierba inmóvil, las olas desaparecidas, la ausencia de polvo volando, se conjuraron para hacer fracasar nuestros intentos de desmentir la ausencia del viento. Los oídos nos zumbaban, desacostumbrados a tan inexplicable silencio.

Dicen que el siroco, la calima, son responsables en gran medida de depresiones, de alteraciones de comportamiento. Nada que ver con la intolerable melancolía que fue apoderándose de la gente a medida que la extrañeza provocada por la ausencia de la omnipresente compañía del viento iba causando en nosotros.

Expertos, iluminados, milenaristas, todos tenían una explicación o, al menos, una colección de interrogantes, tratando de dar sentido a esa repentina ausencia. Desde el cambio climático al castigo divino y el signo del fin de los tiempos, sufrimos, padecimos, explicaciones para todos los gustos.

Renunciamos a entender. Bastante teníamos con mantenernos encerrados en casa. Mientras, afuera, las mariposas seguían con su perenne zumbido.

martes 24 de marzo de 2009

Mariposas

Comenzaron a llegar poco a poco. Los niños corrían tras ellas, asombrados de su enorme variedad, de la riqueza de sus colores y formas.

Sonreíamos mientras les veíamos perseguirlas, perdidos en una nube de colores, sus gritos confundidos con el zumbido del suave batir de miles de pequeñas alas.

Poco a poco, los árboles, la hierba, los coches y hasta las casas, fueron convirtiéndose en un mosaico de colores, que parecía latir con un incesante aleteo.

Hasta el asfalto se fue convirtiendo en una inmensa alfombra que cambiaba al ritmo secreto de su vuelo y sus paradas.

Nuestros hijos parecían vestidos de colores siempre cambiantes, recubiertos de una aura pulsátil, provocando en nosotros una sonrisa sorprendida, que fue trocándose en temor al ver que el más pequeño de repente caía, sin poder levantarse.

Sus oídos, su nariz, su boca, se fueron llenando sin remedio de pequeñas mariposas. Su pecho, poco a poco, por el peso leve e inexorable de miles, de millones, de pequeñas mariposas aleteantes, fue dejando de respirar.

Corrimos hacia él en medio de una nube multicolor, de una sobrecogedora belleza, que se espesaba por momentos, adormeciéndonos con el zumbido del constante aleteo que nos rodeaba.

Hoy, vivimos encerrados. Las puertas y ventanas selladas sin la más mínima fisura que permita su entrada. Fuera, reinan las mariposas.